jueves, 2 de abril de 2015

Catálogo de disuasiones para la literatura


Participar como jurado en un concurso literario le dio pie a Daniel Ferreira, escritor colombiano, para redactar, en su blog de Letras Libres, este manual en el que invita a proscribir algunas cosas de la literatura:
Un taller de escritura creativa, o cualquiera que desee promover y cultivar la literatura como expresión o como vocación en grupos de iniciados, debería descartar de su pensum, método, festival, evento o tribuna, cuando no erradicar, o proscribir en sus estudiantes o aspirantes:
El crimen en la primera escena.
La literatura sobre sí misma, o las historias de gente que escribe, que quiere ser escritora, que asiste a un taller de escritura o que pasea.
Las memorias familiares.
La exposición de la subjetividad o la biografía en menores de 30 años.
La minificción, o el minicuento de dos líneas, intercalado dentro de narraciones más extensas.
Las enumeraciones de conquistas sentimentales o el catálogo de amantes del autor (generalmente platonismo de gente que está sola, para sernos sinceros).
La descripción del acto sexual, sobre todo si se narra como una suma de primeros planos, sin profundidad de campo, sin planos generales, es decir: como en el cine.
Los detectives.
Las heroínas despampanantes.
Los niños que hablan como filósofos.
Los patriarcas y dictadores.
Las novelas inspiradas en series de televisión.
Las novelas narradas con frases cortas separadas por puntos donde cada punto separa una sola acción dentro de una secuencia de acciones encadenadas.
Proscríbase los libros de 500 páginas.
Proscríbase los personajes alegóricos en la literatura infantil (Los perros que hablan, por ejemplo, los curas pederastas).
Proscríbase las novelas sobre monarquías, sobre piratas, sobre el extremo pasado o el extremo futuro (Internet y ladeep web dejó en la cuna a la ciencia ficción y a las depravaciones más degeneradas).
Proscríbase los hechos históricos verificables.
Proscríbase el español tomado como lengua neutra, porque es una lengua franca (Conformada por formas múltiples y múltiples usos).
Proscríbase los libros de cuentos con unidad temática.
Proscríbase los autores que escriben un libro al año.
Destiérrese la idea de la evolución de los formatos (Borges creía que Flaubert era inferior a Conrad y Faulkner inferior a Stevenson).
Proscríbase los festivales de escritores que conversan en público y la publicidad tramposa con que se atrapan incautos y se engaña a la audiencia, por ejemplo: “Los secretos mejor guardados de la literatura X”.
Prohíbase parafrasear a Borges. Solo admite el plagio flagrante.
Prohíbase las narraciones sobre la muerte del padre, del hijo, del conyugue, el gato o el perro y así hasta el 4 grado de consanguinidad.
Proscríbase los libros épicos y fantásticos donde un mundo de luz se vea amenazado por la oscuridad, o sus sucedáneos: un planeta por otro planeta, una galaxia por otra galaxia, un pequeño país por una potencia militar.
Proscríbase los libros sobre viejas naciones o culturas desaparecidas (Porque es un truco fácil).
Proscríbase las novelas inferiores a cien páginas.
Proscríbase los tiempos lineales de la narración.
Proscríbase el narrador único, o único testigo.
Proscríbase los melodramas cuyo conflicto esencial sea una herencia, o una fortuna, perdida.
Proscríbase el amor monógamo (porque atenta contra la realidad).
Proscríbase los profesores de universidad como protagonistas, incluso como personajes secundarios. Salvo si son violadores, sicóticos, o tienen una fantasía perversa por la virginidad o un miedo atroz por el plagio o el Alzheimer, o si resultan víctimas de un ataque brutal o ninguneo por parte de un colega antagonista.
Proscríbase la guerra civil española.
Proscríbase la guerra de las Malvinas y en general el contexto de las dictaduras del cono sur.
Proscríbase la persecución de los judíos.
Proscríbase el siglo XX.
Proscríbase toda crisis social de carácter económico, salvo en libros que lo aborden desde la comedia.
Proscríbase los talleres de escritura creativa cuya duración sea inferior a diez años.
Proscríbase los talleres de escritura dictados por escritores (Deben ser dictados por lectores calificados).
Proscríbase los festivales de novela negra donde los ponentes no sean ex convictos.
Proscríbase toda novela escrita por políticos, por cantantes o por actores de televisión.
Proscríbase ver las adaptaciones cinematográficas de cuentos de: Carver, Cortázar, Chejov.
Proscríbase la prosa libre de tropos.
Proscríbase el pretérito perfecto. Al menos por un año.
Proscríbase toda forma de celebridad y todo estrado dispuesto para que los escritores vayan a explicar libros y no a leerlos.
Proscríbase los derechos de autor superiores a 100.000 dólares por libros aun no escritos (esto para salvaguardar la salud mental del autor y blindar su creatividad).
Prohíbase los premios literarios inferiores a 10.000 dólares (dividir las bolsas mayores a 10.000 dólares en accésits iguales).
Proscríbase los libros de poemas de autores menores de edad.
Proscríbase las novelas góticas.
Proscríbase las novelas epidemiológicas.
Proscríbase las novelas que ocurren en París.
Proscríbase la ciencia ficción que se base en catacresis.
Proscríbase los festivales de escritores sufragados por editoriales.
Proscríbase el canon dictado por trasnacionales de la edición.
Prohíbase el copyright pasados diez años de la muerte del autor.
Proscríbase en todas sus formas la novela romántica (por salud pública y mental).
Prohíbase las sagas.
Proscríbase los escritores prolíficos que alteraron las fronteras de las formas y proponen ensayos que son obras de teatro que son cuentos que resultan al final ser novelas.
Proscríbase el adjetivo kafkiano (de la crítica literaria, ese subgénero).
Evítese la violencia ilegal en la literatura colombiana (Nota: foméntese la exploración de la desatendida violencia legal).
Proscríbase el desequilibrio mental confundido con desequilibrio sintáctico.
Proscríbase el exilio nostálgico con sociedades en diáspora como la cubana o la chilena.
Proscríbase la descripción de sueños.
Proscríbase a Carlos Fuentes, a García Márquez, a Borges, a Vargas Llosa, a Bolaño, a Fernando Vallejo, de las lecturas básicas, al menos durante el transcurso del taller (porque hacen repetir fórmulas, porque son invasivos, porque resultan caminos cerrados).
Pero para compensar, invita también a promover otras cosas:
En cambio, un buen taller literario o caldo de cultivo para las sanas letras, debe promover algunos de estas retóricas y eventos:
El apocalipsis.
La literatura de las naciones más recientes.
La distopía.
La escritura dialectal y las parodias de jergas especializadas.
La ruptura de arquetipos (niños perversos, heroínas feas, sacerdotes depravados o mercaderes de la moral, asesinos con arrebatos de bondad).
Lo extraño y lo anormal.
La divagación.
El crimen injustificado (porque no hay tal).
La familia ajena, la orfandad o la paternidad errática.
Los secretos culposos, en las familias, en las vidas privadas, en la historia de los países.
La metonimia.
La pesadilla.
Lo irracional.
La neurosis colectiva o las patologías sociales.
Los pequeños dioses domésticos.
Lo antisocial.
La barbarie legal.
La lucha por la vida.
El sexo desapasionado de los viejos amantes.
La mirada insólita del forastero.
Los cargos de conciencia.
Lo anormal, en el sexo.
Las obras infantiles sin fantasía y sin moraleja y sobre niños crueles.
Los mítines y las lecturas públicas.
La poesía culinaria.
Las críticas inferiores a 5000 palabras.
Los personajes bajo encierro o aislamiento forzoso.
El desarraigo indiferente (porque es crítico y distante, insobornable).
La infidencia.
La amnesia social.
La biografía ajena.
El efecto del paisaje o el escenario geográfico en el observador.
La extrema ancianidad.
La transgresión verbal y técnica.
La tergiversación del hecho histórico.
La lectura de diccionarios antiguos.
Las retóricas de los oficios.
Los arcaísmos y neologismos.
La arquitectura fractal o la rizomática.
El uso de creativo de hipermedia o de las herramientas digitales para las narraciones escritas.
El fluir de la conciencia (porque es inagotable).
La mujer como voz narrativa.
La asociación anárquica en los ensayos literarios.
Conspiraciones de todo tipo (solo imaginen que todas las conspiraciones fueran verdad).
La promiscuidad y la infidelidad y su efecto sobre la víctima (perseguir a un adúltero es tan inquietante como perseguir un asesino o una epidemia).
Los antivalores (son la escala de los valores actuales).
Escribir sobre lo no conocido por el aspirante a escritor.
Advertir que el que va a El Gobi o a Sonora, va a Marte (ver R. Bolaño). Que el Realismo mágico fue relevado por un realismo brutal (el actual). Que el pasado se narra con las palabras del presente (ver Laiseca). Que un universo literario es un universo léxico (ver Cendrars). Que un hecho es inferior a su relato (Gómez Dávila). Que la academia y el márketing son los actuales cementerios de los escritores (Forn).
Mostrar que un pequeño incidente o pelea callejera puede tener la potencia narrativa y la importancia de un magnicidio.
Demostrar que los demás no sienten como nosotros sentimos.
Huir del género, de las corrientes literarias (léase lo más vendido) y eludir todo intento de formar o ser encasillado en una generación.
El sabotaje de todas las formas de sacralización extraliteraria: eventos, premios editoriales, festivales de escritores, causas sociales abstractas o declaraciones públicas en favor de causas lejanas.
Observar las cosas más cotidianas y su mecanismo como si fueran grandes acontecimientos.
Cambiar ciudades imposibles por ciudades posibles en los escenarios dramáticos.
Retomar la elipsis faulkneriana cuyo espíritu perdura en Rulfo.
Reescribir los mitos.
Iniciar y cerrar las clases o talleres religiosamente con poesía.
Leer a Sergio de la Pava de Estados Unidos. Leer a Nellie Campobello de México. Leer a Clarise Lispector y a Dalton Trevisan de Brasil. Leer a Vila Matas, a Copi, a Lemebel, a Felix Romeo, a Agota Kristof, a Emmanuele Carrere, a Pavic. Leer a Leila Guerriero y a Caparrós. Volver a Monterroso. Leer el diario Borges de Bioy Casares. Leer a Tomas Eloy Martínez, a Sergio Pitol, a Álvaro Cunqueiro, a Raúl Gómez Jattin, a Jaime Jaramillo Escobar, a Mario Bellatin, a Guillermo Cabrera Infante. Las obras de estos autores son algunos de los caminos abiertos que le quedan a la literatura actual.
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